viernes, 2 de septiembre de 2016



Lo nuevo de este relato, cuando se lee en perspectiva histórica y comparada, estriba en esa insólita fascinación del hombre artístico por la normalidad: la normalidad de la democracia, el humanismo, el pacifismo. En suma, la normalidad de la civilización. Lo abruptamente insinuado en Tonio KrögerThomas Mann lo llevó a magistral consumación en su saga mítica José y sus hermanos (1933-1943). Su héroe, el José bíblico, compendia lo mejor de Tonio Kröge.r y de Hans Hansen. Es lúcido y artístico como el primero, pero también ingenuo y vital como el segundo: es un favorito de los dioses que lo tiene todo. Atrás quedan las oposiciones, que resultan felizmente integradas. “Todo hombre”, se lee en José y sus hermanos, “tiene y prefiere más o menos conscientemente una imagen, una idea predilecta que constituye para él un manantial de secretas delicias, alimenta su concepto de la vida y le sirve de sostén. Para José esta idea inefable era la cohabitación de lo carnal y lo espiritual, de la belleza y la sabiduría, la conciencia de estos méritos que se realzan mutuamente”


“El relato del siglo” dibuja el camino para una domesticación del yo romántico, inflamado y salvaje, y en consecuencia, enteramente incompatible con la buena convivencia entre ciudadanos. El corazón del yo romántico alberga deseos infinitos y la convivencia democrática pone dique a esos deseos. El Romanticismo ha denostado esas limitaciones al grito de la libertad interior del artista y les ha retirado toda posible fuente de legitimidad. Tonio Kröger señala una dirección contraria: no anular el yo romántico —por supuesto que no: está en el origen de nuestra individualidad— sino educar sus excesos y civilizarlo. La era del conflicto irrebasable ha terminado; ahora se trata de desbrozar la escondida senda que conduce a una reapropiación consciente y voluntaria de los límites inherentes a la convivencia, no solo los exteriores que regulan una ordenada vida en común, sino también aquellas delimitaciones interiores que, lejos de alienarnos, nos constituyen como los individuos finitos y mortales que somos.





Y para culminar esa tarea hemos de desarrollar un fino sentido para percibir la verdad, bondad y belleza de esos límites, ese mismo sentido que movió a Tonio Kröger a enamorarse, contra toda evidencia, de la “seductora trivialidad” y de “las delicias de la vulgaridad”. El lema de la nueva época no será otro que aquel que se dio a sí mismo Goethe: “Limitarse es extenderse”.



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