Tonio Kröger presenta tres escenas de amor en sucesivas etapas de la vida del protagonista (14, 17 y 30 años). El objeto del primer amor es Hans Hansen; el del segundo, Inge Holm. En la tercera escena Tonio, solo en una sala de baile de un pueblo de Dinamarca, se encuentra por casualidad con sus dos amores de juventud, unidos en matrimonio. La interpretación de lo ocurrido se transfiere a una larga conversación intercalada en la peripecia del relato entre Tonio y la pintora Lisaveta Ivanovna y a la carta final que le remite a esta. Le revela a su amiga que al arte proporciona lucidez al artista, pero que él se halla fatigado de esas “náuseas del conocimiento” que estragan lo humano residente en él. Para él ahora, “lo normal, lo honrado y lo amable representan el reino de nuestras ilusiones: la vida en su seductora trivialidad”. ¿Qué artista romántico, poseído por ese rousseauniano amour de soi, persuadido de la importancia de su enfática misión, cantaría las alabanzas de la honradez normal y de su seductora trivialidad? Pues bien, Tonio Kröger lo hace y, no contento con ello, aun se resuelve a encomiar atrevidamente “las delicias de la vulgaridad”.
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